Madrid conmemora este año el 150º aniversario del nacimiento de Pío Baroja y el Ayuntamiento se ha adelantado a la celebración con una bonita pieza de arte visual: un mapa ilustrado del Madrid que vio y vivió Pío Baroja y del que escribió en algunas de las obras más célebres de la literatura española y universal.

Aunque Baroja nació en San Sebastián en 1872, su familia se instaló en la capital siendo él un niño por lo que se puede decir que el escritor dio sus primeros pasos, en sentido literal y figurado, en Madrid. Ya en su juventud, se convertiría en un incansable paseante que siempre encontraba algo que contar de aquel Madrid del cambio de siglo que dejó retratado en obras como La Busca, Aurora Roja o Las Noches del Buen Retiro.

Con esta guía visual y literaria, el Ayuntamiento nos invita a redescubrir la capital a través de la mirada de Baroja, paseando por los lugares por los que paseó y que encarnaron a otro personaje más de sus novelas, llamado Madrid, con sus rasgos físicos y su personalidad propia: un Madrid costumbrista, sórdido y bohemio, el de los barrios bajos y los arrabales, el de las clases populares y los gamberros, el de los antros y las pensiones cutres… escrito y descrito en las páginas de sus obras más relevantes.

Un tesoro literario y visual

Baroja por Madrid

Geográficamente conciso, estéticamente precioso y esencialmente barojiano. Así es el itinerario que recoge el mapa ilustrado sobre la figura de don Pío, cuya responsable editorial ha sido Carmen Caro, sobrina nieta del autor y estudiosa de su obra, y cuyas ilustraciones están firmadas por Borja Bonafuente.

Los lugares escogidos y los textos que los acompañan están extraídos de las memorias y novelas de Pío Baroja, transcritos en la mayoría de los casos, y seleccionados por Carmen Caro. Su criterio a la hora de decidirse por estos fragmentos en concreto ha sido nuestra ciudad: “Tenían que ser lugares de Madrid emblemáticos en la biografía de Pío Baroja y, al mismo tiempo, en la vida de algún personaje de sus novelas ubicadas en la capital”. Lugares referenciales en su vida y obra, y ubicados temporalmente en el cambio de siglo que mostraran, explica Caro, “la cara más encantadora y con más personalidad de los barrios más antiguos de Madrid”.

Con esta premisa en su cabeza, se puso manos a la obra Borja Bonafuente para abordar la parte artística de ese mapa que, en su opinión, debía ser esencialmente funcional: “Que cualquier persona pueda cogerlo y no sólo disfrutar de los dibujos de cada uno de los lugares que visitó, representó o vivió Baroja, sino que, sólo con el mapa en la mano, pueda llegar a ellos, sin tirar de GPS”.

Bonafuente se inspiró en un plano catastral de principios de siglo, que redibujó y convirtió en la base de sus ilustraciones, de manera que llegar hasta la propia casa de Baroja o al instituto donde hizo el Bachillerato, mapa en la mano, no tiene pérdida.

Pero, además de llegar a los sitios, hay lugar para recrearse en las ilustraciones de las diferentes localizaciones del Madrid barojiano (la Puerta del Sol, la estatua de Velázquez en el paseo del Prado, la fachada del Instituto San Isidro y la Facultad de Medicina donde estudió, las Vistillas…), o detalles escogidos por el artista que también contribuyen a dibujar la vida y la obra del escritor: unos panes, una corrala, las cuevas del cerrillo de San Blas o una simple farola: “Me gusta mucho el cromo de la calle de Segovia donde he dibujado el farolillo que hace esquina a la plaza de la Morería que se menciona en el texto. Por alguna razón, me resultó simpático y quería que quedase representado en el mapa”.

 

El color también cumple su función en el mapa: pasteles y azul como única tinta para los cromos, desgastados y rotos por sus bordes, recuerdan a las estampas antiguas reales. Y entre todas, mención especial merecen los tres retratos de Baroja, de joven, adulto y anciano, donde Bonafuente, reconocido por su estilo hiperrealista, ha querido primar “la apariencia de fotografía vieja en papel malo de hace cien años”.

Lugares de Baroja, lugares de Madrid

Catorce emplazamientos de la vida y obra de Pío Baroja conforman el itinerario de este mapa ilustrado que comienza en la calle de la Misericodia, 2, donde vivió el escritor desde 1896 a 1902, y donde trabajó en la tahona Viena Capellanes cuando abandonó los estudios de Medicina, desencantado de la profesión. Son esos panes que en su día amasaron las manos de Baroja los que ilustran esta primera parada del recorrido.

De ahí, el mapa nos conduce a dos emplazamientos fundamentales en la biografía de Baroja:  el Instituto San Isidro (Toledo, 39), donde terminó el Bachillerato, y la Facultad de Medicina, en la calle Atocha, donde cursó hasta segundo de carrera. Ambos edificios albergan innumerables recuerdos del autor que perpetuó en las palabras del protagonista de su novela El árbol de la ciencia, Andrés Hurtado: “Recuerdo la cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar en el aula una mañana de octubre, lo que se explicaba fácilmente por ser aquel día primero del curso y del comienzo de la carrera”.

Siguiendo las indicaciones de este plano vital y literario de Baroja, haremos un alto en la Puerta del Sol, escrita y descrita en muchas ocasiones por la pluma del autor con sus tranvías, farolillos, coches, caballos, carros, floristas, vendedoras de lotería… y que continúa conservando ese ambiente y trajín que la han convertido en corazón de Madrid por los siglos de los siglos.

El itinerario discurre por varios puntos del centro de la capital. De sus callejuelas, callecitas y callejones y de sus tipos (gamberros, delincuentes, prostitutas…) están llenas las páginas de sus novelas. También, de lugares nobles como la plaza de Isabel II y el Teatro Real, detalles y panorámicas de las calles de Segovia y Toledo o el mirador privilegiado que constituyen Las Vistillas, uno de los lugares favoritos del escritor por el contraste de paisajes que ofrecían sus vistas.

De ahí a otro escenario tan barojiano como madrileño: las corralas. Concretamente, la que se encuentra en Sombrerete, 13. Decía Baroja: “A muchas de estas casas, verdaderos hormigueros humanos, las llamaban ‘corralas’, las ‘piltras’, y les daban otros calificativos desdeñosos, como si los que las habitaban se hubiesen pasado las horas pensando motes despreciativos para ellas”.

La penúltima parada es su casa de la calle de Ruiz de Alarcón, en el barrio de los Jerónimos, desde donde salía a pasear por El Retiro hasta terminar en la Cuesta de Moyano. Cerca, en el cerrillo de San Blas, donde se ubica el Real Observatorio de Madrid, termina la ruta. Allí sitúa Baroja un episodio de La Busca (1904), en el que el protagonista se encuentra con unos golfos y van a las cuevas que se alquilan a las prostitutas.

Muy cerca, además, se encuentra su escultura, obra del escultor Federico Coullaut-Valera Mendigutía, al lado de los puestos de libreros que tanto le gustaba frecuentar. Lo suyo es, antes de dar por finalizada la ruta, acercarse a la estatua de Baroja y agradecerle el paseo, la compañía y este viaje por Madrid tan literario y vital. Qué menos.