Menchu Gal (Irún, 1909 – San Sebastián, 2008) no había cumplido los quince años cuando se trasladó a París por consejo de su profesor de pintura, Gaspar Montes, quien supo ver el talento de esta precoz artista. En la capital francesa recibió clases del maestro del cubismo Amédée Ozenfant y, de su mano, la joven guipuzcoana descubrió a Matisse y el fauvismo. Fascinada por los ismos, comenzó a desarrollar un estilo propio, basado en un tratamiento del color muy particular que se convertiría en su sello artístico. Gran parte de su obra puede verse hasta el 28 de junio en el Espacio Cultural Serrería Belga.

La Residencia de Señoritas
Para continuar su formación y gracias al apoyo de su familia, la joven Menchu se trasladó a Madrid en 1934, con 25 años. Allí ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y, mientras tanto, se alojó en la Residencia de Señoritas. Regentada por María de Maeztu, en esta institución impartieron clase figuras tan relevantes como María Zambrano o Maruja Mallo. Sin embargo, la formación de esta artista, al igual que la de muchas otras jóvenes, se vio truncada por el estallido de la Guerra Civil. La Residencia de Señoritas cerró y su directora partió al exilio junto a muchas de sus ilustres docentes.

Más allá de la persecución política a los disidentes intelectuales contrarios al régimen, la formación universitaria y artística de las jóvenes dejó de ser objeto de promoción. Durante la posguerra, la mujer debía dedicarse al cuidado del hogar y a la crianza.
La Escuela de Vallecas
Pero Menchu Gal no se dio por vencida y, en 1943, regresó a un Madrid muy diferente, donde entró en contacto con el círculo de artistas de la Escuela de Vallecas a través del pintor manchego Benjamín Palencia. Decididos a renovar el panorama artístico de un Madrid gris, estos jóvenes, en especial Menchu Gal, desarrollaron el expresionismo como baluarte del individualismo frente a la masa: colorido y gestualidad en contraposición a la uniformidad. El retrato, el bodegón y el paisaje serían los temas preferidos de Gal. Alejada de la forma, su pincelada, poco dibujada, siempre estuvo más pendiente del color y de la luz, aspecto que jugó en favor de la emotividad de sus cuadros.

Primera mujer en ganar el Premio Nacional de Pintura
Su trayectoria no solo fue reconocida con el Premio Nacional de Pintura (1959), sino también con el Gran Premio de Acuarela en la II Bienal de Arte del Caribe (1954), el Premio al Mejor Retrato en la III Bienal Hispanoamericana de Arte de Barcelona (1955) y el Premio Biosca (1960).
Sus obras se conservan en el Museo Reina Sofía de Madrid, la colección del Banco de España en Madrid, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el MACBA, la Fundación Telefónica de Madrid y la colección privada de Carmen Thyssen-Bornemisza, entre otras muchas.
Una mirada única
Aunque Menchu Gal no dejó nunca de lado los parajes del Bidasoa, en el País Vasco, ni los del valle de Baztán, en Navarra, fruto de sus más de 50 años viviendo en Madrid, en la exposición de ‘Menchu Gal. Imágenes de una vida’ de Serrería Belga también pueden contemplarse los lienzos en los que plasmó las azoteas y tejados madrileños, el Palacio Real o una visión nocturna de la capital.
Este universo propio de la creadora ha sido referente para autores posteriores y, si en algo coinciden todos los expertos, es en que Menchu Gal siempre tuvo una mirada propia y única que jamás se dejó doblegar. Quizá forjada a base de las dificultades para hacerse hueco en un mundo y en un tiempo en los que la mujer, una vez más, tenía que renunciar a su formación y a sus aspiraciones artísticas para complacer a otros.

