Manuel Longares es un escritor de comienzos. Por eso, a sus 83 años, con once novelas a sus espaldas, libros de relatos y ensayos y su última obra publicada hace escasas semanas, reconoce que empieza a escribir una novela con unas palabras evocadoras, como un un gato que tira del hilito de una esponjosa madeja de lana. Esa frase, la primera, el comienzo, es, según él, “la decisiva”. Y es que lo suyo es la escritura completa, no desde el argumento sino desde el lenguaje. Artesanía pura, vaya. “Escribir es desarrollar una emoción a través del lenguaje, no retratar la realidad. Inventas todo. No la historia de Fulanito sino todo un universo expresivo”. Artesanía pura, vaya. Y lo cierto es que, dicho por él, con su tono pausado y a media voz, parece hasta fácil.

En este ecosistema literario actual, en el que la auto ficción y el lenguaje plano arrasan en las mesas de novedades de las librerías, don Manuel sigue a lo suyo. La sutileza, cierto barroquismo expresivo y la ironía campan a sus anchas por su obra. “El humor no es propio de escritores jóvenes, viene con la mucha edad”, confiesa. Acaba de publicar Cortesanos (Galaxia Gutemberg, 2026), una sátira que recorre el Madrid de los Austrias a los Borbones sin dejar títere con cabeza, y con el Manzanares serpenteando por las páginas como una figura más de la novela. “Madrid no es un escenario, se impone al escritor como un personaje más”. También lo supo ver bien, claro, su admirado Camilo José Cela de La Colmena.

La tarde que recoge el premio casi no puede evitar dedicárselo a su querido Madrid: “He creado con la ciudad de mi vida una alianza que el paso del tiempo ha ido reforzando. Conforme pasan los años se afianza el sentimiento.” La ciudad de su vida. Una ciudad inagotable y que, durante la Transición, se vivía como “una pura aventura”. Fue en esta época cuando se dio cuenta de que, en su profesión de periodista, “no tenía remedio: mi pensamiento estaba lo más lejos posible del periodismo”. No puede ser de otra manera en alguien como Longares, que se define “fascinado por las subordinadas” y que confiesa haber escrito “entradillas de once líneas sin puntos, me llevaba unas broncas…”.
He creado con la ciudad de mi vida una alianza que el paso del tiempo ha ido reforzando. Conforme pasan los años se afianza el sentimiento.
Pero, ¿qué puede esperarse de un hombre al que la cotidianidad se le queda corta? “Escribir es inventarse una realidad, inventársela porque antes no existía y hacerlo, además, con un lenguaje propio, alambicado. Esto, en periodismo, está totalmente maldito”.

Así que Longares, en los 70 y 80 recorría Madrid y entraba en las cafeterías, “desenroscaba la pluma y me ponía a escribir”. ¿Y cómo? “Cuando quiero contar algo me dejo llevar por la emoción que me produce, trabajas todo el día para unas cuantas frases sabiendo que la rentabilidad de ese trabajo es nula”.
No le importa, sabe que este premio lo recibe “por celebrar Madrid a través de un contexto” pero, confiesa divertido, “es fácil: en Madrid la extravagancia no existe, es de una coquetería irrefrenable”. ¿Tanta inspiración le produce esta ciudad? Lo tiene claro: “Madrid es una fuente de argumento inagotable, siempre hay algo más que decir sobre ella”.
Aunque no tiene ningún proyecto literario entre manos en estos momentos, asegura que “pronto habrá que pensar en algo. Yo siempre empiezo una novela cuando encuentro una frase”. Hágalo pronto, don Manuel. Madrid le espera.

