Bajo una apariencia de frivolidad en algunos casos, los cuentos de Ángel Vázquez convierten en deleite para el espíritu la sencillez de las cosas pequeñas y cotidianas. Si La vida perra cierra el capítulo tangerino de la vida de Antonio Vázquez, los cuentos saldan cuentas con su niñez y su juventud, las etapas menos conocidas de su vida. Ángel Vázquez fue, durante todo el tiempo que le frecuenté, un niño con pantalón largo y necesidades de adulto.

A su manera era un genio, con todos los atributos de los genios no orgánicos: se alojaba en apartamentos que le avergonzaba mostrar a sus amigos; ganaba sueldos que no le llegaban a fin de mes, llevaba parches en los codos de las chaquetas para ocultar el tejido gastado, sus zapatos tenían siempre las suelas agujereadas, y no llegó a saber cómo era un billete de mil pesetas.

A Antonio –Ángel- Vázquez vivir le parecía un ejercicio difícil y complicado; se sentía indefenso en un entorno de banqueros que hacían fortuna de la noche a la mañana, para algunos de los cuales trabajó en Tánger. Allí le rodeaban contrabandistas que pasaban mercancías a la península o al Marruecos francés y español, y se codeaba, sin saberlo, con espías alemanes y aliados durante la II Guerra Mundial, y a partir de 1954 con agentes del FLN argelino, llegados a la ciudad.

En el Tánger de esos años, mientras algunos perdían sus ahorros en bolsa persiguiendo el sueño de que la empresa surafricana en la que habían invertido encontrase una mina de oro que les hiciera millonarios, Antonio inventaba mundos mágicos en los cuales refugiarse y protegerse de la vida real. Escribía a trancas y barrancas en sus trabajos, en los cafetines, y en los bares. No era bohemia, era pura necesidad.

Aquel Tánger había alcanzado tal grado de bonanza para algunos que varias casas de prostitutas ofrecían los servicios de sus chicas a crédito. Los clientes consideraban estas deudas tan sagradas como las del juego. A fin de mes no dejaban de venir a pagarlas como pagaban al tendero o al de los electrodomésticos comprados a plazo. Estaba también la homosexualidad. Tánger no era solo una ciudad comprensiva: era el cuartel general de la flor y la nata de los homosexuales del mundo. Nada de petite homosexualité. Sólo grandes homosexuales, aristócratas estirados, nobles, millonarios, escritores, pintores, ingleses, americanos, franceses, españoles, y de todas las nacionalidades, vivían o pasaban temporadas en la ciudad.

Desde tiempos remotos Tánger era una de esas insólitas escalas de Levante en la que todos podían considerarse en su casa porque no era la casa de nadie en particular. La vida perra aportó el espacio literario, la referencia simbólica, la patria de papel, que buscaban todos aquellos que en el Mediterráneo habían perdido guerras y batallas, les habían expulsado de sus países, o se habían sentido agobiados en su patria de origen. Era sobre todo una aventura histórica hispano-sefardí-árabe que había reconstituido extramuros y amablemente -hasta allí donde las culturas se tratan con amabilidad- la utopía de la España multicultural que no pudo ser.

Los cuentos de Antonio no tienen mucho que ver con ‘La Vida Perra’ que es obra de madurez. Los cuentos recogen las fabulaciones de un niño adulto que tiene que explicarse a sí mismo cómo salir adelante en la rutina y en los ritos de la vida diaria. En Tánger los ricos podían satisfacer todos sus deseos y los demás soñar que los suyos también podrían ser satisfechos algún día. Ricos y pobres sueñan las mismas cosas. Solo les diferencia la posibilidad de alcanzarlas. Pero a pesar de esa limitación, el solo hecho de vivir podía ser entendido como un privilegio en una Europa donde se moría de una guerra a otra y en una España de guerra y de muerte civil.

Aunque Tánger puede ser contada de mil formas diferentes, la vida que Ángel Vázquez conoció fue la de una ciudad donde el gobierno era escaso porque los trece países que pretendían gobernar lo único que pudieron hacer fue dejar que la ciudad se gobernase a sí misma. Una Asamblea Legislativa local y una Administración internacional constituían lo esencial de sus instituciones. La seguridad la garantizaba una pequeña fuerza de Gendarmería, y una policía dedicada mayormente al control del tráfico. Los impuestos eran pocos: solo locales y municipales.

Aunque los delitos los juzgaba en el siglo XX un tribunal internacional, hasta los primeros años de ese siglo la costumbre hacía recaer esa responsabilidad, cuando de europeos se trataba, en los cónsules del país de origen del imputado. Los consulados tenían sus propias cárceles y los cónsules administraban justicia según su entender. Judíos y musulmanes tenían a su vez, al menos para las cuestiones civiles, su tribunal rabínico y los musulmanes su qadi o juez. Así se garantizaba la convivencia cultural y confesional.  Nada había en Tánger que facilitase la integración de ese niño mayor, especial, que fue Antonio Vázquez y hasta bajar los veinte últimos escalones del rellano de la casa de Emilio Sanz era un desafío que tenía que afrontar. Lo pienso hoy y veo a Antonio agarrado del brazo de Emilio, concentrado en el próximo paso que va a dar, mientras Emilio Sanz, sin mirarle, se aferra firmemente al pasamano por si el otro se cae que no le arrastre en la caída. Aquella escalera, realmente muy empinada, les producía a ambos más que vértigo, pánico.

Como todos, Antonio tuvo que hacer un día sus maletas y marcharse de Tánger. El sueño se había acabado y había que emigrar. A un ser tan desamparado como él, Madrid debió causarle pavor. Para colmo uno de los primeros trabajos que encontró fue como censor en el ministerio de Cultura. Volvía a la realidad de la censura que nunca había conocido. Lo alojó por un tiempo un amigo común, el pintor panameño Pablo Runyan, pero al regreso de unas vacaciones encontró que Antonio había agotado toda su bodega y le pidió amablemente que se marchara. Antonio alquiló un cuarto en una casa galdosiana del viejo Madrid, en el número 98 de la Calle de Atocha, donde vivía sola Doña Trini, un personaje más de Don Benito que de la vida real, que se convertiría en su amiga y protectora y le introduciría en un universo de fantasías diferentes a las que había vivido hasta entonces.

Durante años he creído que la obra de Antonio Vázquez comenzaba y terminaba en La Vida Perra. Había leído todos sus cuentos cuando éstos fueron publicados y me parecieron convencionales. Las revistas que los publicaron, al ilustrarlos en la mayoría de los casos con gran cursilería, contribuyeron a esa impresión. Pero Cuarto de los Niños los reivindica a todos y tiene la virtud de situarlos en el continuum de la literatura de Ángel Vázquez y de mostrarlos como una obra coherente en sí misma. Cuarto de los Niños, que le da nombre al libro, anuncia a bombo y platillo al gran narrador. Un narrador diferente al de ‘La Vida Perra’, pero un gran narrador.

Lo verdaderamente dramático es que a pesar del Premio Planeta y de otros galardones obtenidos, Ángel Vázquez no sería hoy conocido si no fuera por la gran tarea didáctica emprendida por otro ser excepcional, su gran amigo y confidente, Emilio Sanz de Soto. Si Tánger constituye hoy un lugar de peregrinaje emocional y retrospectivo, si acapara todas las nostalgias de mundos libres y de comprensión de las diferencias de todo tipo, es sobre todo porque Emilio Sanz así lo ha contado y Antonio así lo ha escrito. Los cuentos permiten conocer mejor a Antonio Vázquez pero solo se entienden con el complemento de la palabra de Emilio Sanz quien nos pide, bajo parole, que creamos que un mundo mejor es posible.

 

Domingo del Pino es periodista de ámbito internacional y experto en el Magreb. Ha sido corresponsal de El País en Marruecos y Argelia y primer director del Servicio Árabe de Efe. Entre otros cargos ha sido miembro de la dirección del Foro Hispano Argelino para el Diálogo y la Cooperación y presidente honorario de Fundación para la Cooperación Empresarial Solidaria. Este artículo quiere ser un homenaje sobre “un ser humano que conocí y frecuenté durante muchos años en Tánger y en Madrid y a quien, al igual, debo parte de mis sueños”.