El domingo 18 de enero, un grupo de personas valientes —porque el frío era más que notable— dio comienzo al itinerario ornitológico del monte de El Pardo. Todo apuntaba a que sería una mañana fructífera para la observación de aves: el día anterior había llovido y, tras la lluvia, el sol volvía a asomarse.
[Imagen 1: Río Manzanares atravesando El Pardo. Fuente: Madrid Ambiental]
Nada más iniciar el recorrido, en el puente de los Capuchinos, fuimos recibidos por el canto de un estornino negro (Sturnus unicolor), una de las especies más características de nuestros entornos mediterráneos. Poco después, y muy cerca del río, apareció un pico picapinos (Dendrocopos major), enganchado al tronco de un árbol ribereño. Unas ramas más abajo, casi como si nos quisiera dar la bienvenida al monte, había un trepador azul (Sitta europaea) que se movía con gran agilidad por él tronco. Una forma inmejorable —y emocionante— de empezar la jornada.
El primer tramo del recorrido nos condujo por un camino muy próximo al río que permitió observar una gran diversidad de aves. Vimos a la lavandera blanca (Motacilla alba) caminando al borde del sendero, a un agateador europeo (Certhia brachydactyla) ascendiendo por el tronco de un álamo negro (Populus nigra) y a un grupo de verdecillos (Serinus serinus) buscando alimento en la hierba.Fuimos testigos también de una escena tan curiosa como divertida: una paloma torcaz (Columba palumbus) permanecía inmóvil mientras un grupo de mitos (Aegithalos caudatus) saltaba de forma inquieta a su alrededor. Este contraste ejemplifica bien los distintos comportamientos que pueden mostrar las aves ante las bajas temperaturas. Las especies de menor tamaño, especialmente los passeriformes, tienen un cuerpo pequeño y un metabolismo elevado, lo que les permite moverse de forma rápida y constante para mantener el calor.
A pesar del frío intenso, en el río Manzanares pudimos observar algunas aves acuáticas habituales, como el ánade azulón (Anas platyrhynchos) o a la inconfundible gallineta común (Gallinula chloropus). Estas especies son capaces de permanecer el agua incluso en pleno invierno gracias a su denso plumaje, que actúa como una auténtica «chaqueta de plumón impermeable natural» que genera una capa de aire caliente junto a la piel.

[Imagen 2: Gallineta común (Gallinula chloropus). Fuente: Juan Perales Rodríguez/Fototeca CENEAM]
A lo largo del recorrido, seguimos sumando observaciones. Apareció la lavandera cascadeña (Motacilla cinerea), fácilmente reconocible por su silueta estilizada y su constante movimiento cerca del agua; el mirlo común (Turdus merula), cuyo canto es uno de los sonidos más característicos de nuestros entornos naturales; y dos especies muy familiares, el gorrión común (Passer domesticus) y el gorrión molinero (Passer montanus), que a pesar de su cercanía al ser humano, siguen despertando interés por sus diferencias de comportamiento y hábitat.
En un claro del camino, tras superar un tramo especialmente fanganoso que casi provoca más de una caída, pudimos observar a un individuo joven de zampullín común (Tachybaptus ruficollis). Lucía su plumaje de invierno, dominado por tonos marrones que le permiten mimetizarse con el entorno.
Parte del itinerario atravesaba un pinar (Pinus spp), un ambiente especialmente interesante desde el punto de vista ornitológico. En este tramo volvimos a encontrarnos con el pico picapinos y observamos a un grupo de juguetones herrerillos comunes (Cyanistes caeruleus) y carboneros garrapinos (Periparus ater), siempre activos entre las ramas. También hizo acto de presencia el pinzón vulgar (Fringilla coelebs), una de las aves más abundantes y reconocibles de nuestros bosques. Como observación destacada, pudimos ver a un picogordo (Coccothraustes coccothraustes), una especie más esquiva, reconocible por su robusto pico y su presencia imponente.

[Imagen 3: Picogordo (Coccothraustes coccothraustes). Fuente: Álvaro Pérez Salinero/Fototeca CENEAm]
Sin lugar a dudas, los grandes protagonistas del recorrido fueron los carboneros comunes (Parus major). Su inagotable energía y vitalidad se hicieron notar en cada tramo del camino, contagiando entusiasmo a todo el grupo. A lo largo de la ruta también nos acompañó el sonido inconfundible de los petirrojos europeos (Erithacus rubecula), cuyos característicos chasquidos pusieron banda sonora a la experiencia.
Al alzar la mirada al cielo, el espectáculo continuaba. Pudimos observar bandadas en forma de V, pertenecientes a gaviotas reidoras (Chroicocephalus ridibundus) y gaviotas sombrías (Larus fuscus). También vimos volar a la cotorra argentina (Myopsitta monachus), la cotorra de Kramer (Psittacula krameri) y el cormorán grande (Phalacrocorax carbo).
Un grupo de milanos reales (Milvus milvus) y de buitres leonados (Gyps fulvus) nos mostró cómo planean utilizando el llamado vuelo térmico, una técnica que aprovecha las corrientes térmicas de aire ascendente para desplazarse sin apenas aletear y ahorrar así una enorme cantidad de energía.

[Imagen 3: Milano real (Milvus milvus). Fuente: OAPN/Fototeca CENEAM]
De vuelta en el puente de los Capuchinos, realizamos la evaluación final de la actividad y nos despedimos, poniendo fin a una mañana fría pero llena de vida.
Puedes animarte y reservar plaza para actividades como la que acabas de leer u otra que sea de tu interés escribiendo al correo electrónico del programa: proambiental@madrid.es
“Me parece que la naturaleza es la mayor fuente de emoción,
de belleza visual y de interés intelectual.
Hace que valga la pena vivirla”
David Attenborough

