El domingo 19 de mayo nos acercamos al Monte de El Pardo para dar un paseo junto al río Manzanares en un itinerario ornitológico que resultó de lo más fructífero y agradable. Aquí os resumimos la jornada.
La primera especie que nos llamó la atención fue un estornino negro (Sturnus unicolor) que trinaba desde una antena parabólica de las últimas casas del pueblo y aunque no nos llamara a nosotros le dimos atención.
Al otro lado del puente escudriñando con los prismáticos un chopo con su ramaje principal truncado descubrimos un trepador azul (Sitta europaea) que tenía allí su nido. Llevábamos viéndolo un rato yendo y viniendo. Dejamos de verlo, y en ese momento nos llamó más la atención otra especie más grande que se posó en un árbol próximo; una hembra de pico picapinos (Dendrocopos major) que buscaba alimento en una rama tronchada.

[Imagen 1. El grupo prestando atención a las aves del bosque de ribera. Fuente: Madrid Ambiental]
Hasta ese momento no nos habíamos movido del sitio, así que decidimos que nos poníamos en marcha.
Aparecieron herrerillos (Cyanistes caeruleus) y algunos carboneros (Parus major). Un mito (Aegithalus caudatus) nos emocionó pensando en que llegarían tras él más de ellos, pero se marchó y fue el único que veríamos, aunque detrás algo más alto cantaba un verderón común (Chloris chloris) ofreciéndonos una escena diferente a la esperada.
Hubo una especie que resultó la gran protagonista de la actividad debido a su insistente presencia; la escuchamos y la vimos a lo largo de todo el recorrido. Este fue el ruiseñor común (Luscinia megarhynchos). Desde luego que era su momento de más actividad debido al cortejo, e incluso superó en protagonismo al mismísimo ruiseñor bastardo (Cettia cetti) que siempre es pieza protagonista en el paisaje sonoro del río Manzanares.

[Imagen 2. Ruiseñor común (Luscinia megarhynchos). Fuente: Николай. Creative Commons – Algunos derechos reservados: https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/]
La algarabía nos llevo la vista al cielo para ver cómo dos cotorras de Kramer (Psittacula krameri) alejaban de un álamo negro (Populus nigra) a un milano negro (Milvus migrans). Esta era la primera rapaz que veíamos en el día.
Por el agua descubrimos ánades reales (Anas platyrhynchos) y gallinetas comunes (Gallinula chloropus). Ninguno con polluelos a la vista. Quien sabe si era por que por allí la mayoría de las personas se saltan la normativa y permiten a sus perros lanzarse al río y correr por la orilla persiguiendo todo animal. Desde luego que no ayuda este insensible comportamiento por parte de los acompañantes humanos de estos animales que no tienen culpa. Nos planteamos si de verdad conocen las consecuencias ambientales que conlleva la felicidad de sus mascotas. En ocasiones más allá de las prohibiciones se han de dar las explicaciones al por qué de la prohibición.
Los petirrojos (Erithacus rubecula) con sus tac-tac y las currucas capirotadas (Sylvia atricapilla) con sus chec-chec-chec animaron el ambiente.
Atravesamos el río por la pasarela de metal a la altura de Mingorubio, donde verdaderamente echamos en falta una señalética explicitando la prohibición del baño de los perros en el agua, con su correspondiente explicación del por qué no deben hacerlo (por salud del ecosistema acuático y del bosque de ribera, como de la de las propias mascotas). Allí vimos de primera mano el temor de dos ánades azulones (especie no precisamente timoratos) a continuar su camino ante el divertimento de los cánidos.

[Imagen 3. Camino de la senda fluvial junto al río Manzanares. Fuente: Madrid Ambiental]
Nos acercamos a la valla que separa la zona visitable de el Monte del Pardo de la de exclusión.
Las esperanzas de ver alguna especie menos urbana y más escasa eran bajas, pero las había. Y bueno, fue un éxito, ya que de primeras vimos un herrerillo capuchino (Lophophanes cristatus) codearse con una panda de jilgueros (Carduelis carduelis) y al rato vimos volar a un águila imperial (Aquila adalberti). Ésta estaba algo lejos, pero la reconocimos bien. Tras ella en ascenso térmico dos buitres negros (Aegypius monachus), cuatro milanos (Milvus sp.) y un cernícalo (Falco sp.).
Nos íbamos a alejar ya del lugar cuando siguió la fiesta y se posaron dos abejarucos (Merops apiaster) en el tendido eléctrico próximo a la valla. Nos dimos cuenta que la valla separa algo más que unas encinas. Nos separa de algunas especies que con nuestra presencia en el lugar, probablemente no lo habitarán. Nos dió que pensar.

[Imagen 4. Abejaruco europeo (Merops apiaster). Fuente: Dylan Leonard. Creative Commons – Algunos derechos reservados: https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/]
Con estos encuentros y con la reflexión nos pusimos a caminar de vuelta al punto de encuentro bastante más ligeros que el resto del camino.
Llegamos al puente de Los Capuchinos y allí nos despedimos y nos prometimos vernos en otro itinerario ornitológico.
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“El ruiseñor vuelve y vuelve a decirlo y no se cansa.”
Kaga no Chiyo

